Domingo, 08 Diciembre 2019

Desde las metrópolis en llamas de Inglaterra


Cuando, en el verano de 1977, un apagón general dejó sin luz a Nueva York, y hundió la metrópolis en una larga noche de desórdenes, deducimos del episodio “tres verdades sencillas para el proletariado[1]. Las dos primeras eran más que evidentes: la extrema vulnerabilidad del modo de producción capitalista, justamente en la fase de su máxima centralización imperialista; la violencia y la rabia  que transpira cada poro de la sociedad burguesa, fruto peculiar de este “mejor de los mundos posibles”. Desde entonces han pasado  treinta y cinco años, y otras revueltas se han sucedido a lo largo del mundo ( sin olvidarse de que durante todos los años sesenta los guetos estadounidense no han parado de arder): en Los Angeles, en Brixton, en China, en Argentina, en Méjico, hasta llegar a las banlieues  parisinas en el 2005, a la rabia explosiva en las calles de Atenas durante 2010, a los terremotos sociales que han golpeado casi todos los paises de la orilla sur del Mediterráneo, en la primera mitad de este año (terremotos de los que hemos subrayado su inicial carácter proletario –auténticos “asaltos a la panadería” por parte de sin reservas hambrientos y desesperados- y  su posterior “captura”  y encauzamiento en el cauce democrático por parte de una pequeña burguesía deseosa de reformas que no afectaran por otro lado al status quo). En menor medida pero no menos significativo, en Italia, la iniciativa de los proletarios inmigrantes en Rosarno, en los inicios de 2010, y mas recientemente en Nardò, reacción directa, inmediata, a la bestial explotación a la que están sometidos, y la agitación  que se da continuamente en los campos de concentración instalados para clasificar a los considerados clandestinos. Ahora en este agosto de 2011, cuando nuevos y potentes disturbios hacen temblar  el andamiaje , que amenaza ruina, del modo de producción capitalista, la rebeliòn ha explotado en Londres (prácticamente bajo estado de sitio), extendiéndose rápido a otras ciudades inglesas, desde hace tiempo castigadas por la crisis económica.

 

 En todos los casos, comunidades enteras de los barrios proletarios, marginados y abandonados a si mismos en megalópolis convertidas cada vez mas en escaparates de lujo y riquezas, núcleos de enormes intereses comerciales y financieros, se han echado a la calle, atacando los símbolos mas vistosos de la opresión capitalista y de la desigualdad social, vaciando negocios y grandes almacenes, incendiando y destruyendo. En todos los casos, periodistas y observadores, comentaristas y politiqueros, espantados y confusos, se han preguntado “porque suceden este género de cosas”, sin poder (¿o querer?) dar la única respuesta posible: la agonía de este modo de producción está en camino desde hace decenios, con efectos destructivos y autodestructivos, machacando vidas, empobreciendo poblaciones, negando todo tipo de futuro a generaciones enteras, inflando desmesuradamente el ejército de  desocupados  ya sin esperanza. Ahí está la semilla de la revuelta.

Londres e Inglaterra entera están desde hace tiempo en el vértice de una crisis económica  que no puede encontrar soluciones internas a los mecanismos económico-sociales que la han producido. Las últimas décadas, independientemente del color de los gobiernos que se han sucedido y de las direcciones de sus políticas  han visto la inexorable polarización social típica del capitalismo en su fase extrema: los rascacielos de cristal y cemento y las chabolas decrépitas, la ciudad renovada y la ciudad abandonada a la degradación, la insolente opulencia y la miseria sórdida. ¿Novedad? ¡Por favor! ¿Por qué no leer ( o releer con mayor atención) La situación de la clase obrera en Inglaterra, escrito por Engels  entre 1844 y 1845 (o incluso cualquier novela de Charles Dickens)? ¿Sorpresa? Solo los ciegos o los imbéciles no consiguen ver los que va aumentando, día tras día, en las vísceras de esta sociedad en disolución, la carga explosiva que se acumula bajo el suelo y tras la fachada.

Jóvenes, jovencísimos, blancos y negros, reciente inmigrantes y británicos de siempre, furibundos y desesperados, marginados y estrangulados por una economía cada vez más asfixiante, perseguidos por una policía que es el brazo armado de un Estado que no está por encima de  las partes, sino que es el baluarte militar de la clase en el poder, vacían negocios y almacenes, sembrando hierro y fuego por calles y barrios. Solamente el respetable conformismo obtuso e hipócrita no consigue ver ahí la expresión instintiva, no razonada ni programada, de la violencia que exuda por todos los poros de una sociedad que està siempre, diriamos cotidianamente, en guerra; guerra en el puesto de trabajo (con daños llamados púdicamente “muertes blancas”), guerra entre bandas empresariales, comerciales, financieras ( con su inevitable recaída, muertos por hambre, por enfermedad, por  ropa, por pura imposibilidad de supervivencia), guerra disputada por la conquista de materias primas o para despojar de ellas a los   competidores mas temibles, por el control de mercados lejanos y cercanos, por el rediseño de las zonas de influencia (con sus masacres de población cada vez mas vastas)… El mundo capitalista es un inmenso campo de batalla por donde no deja de correr la sangre, donde cada día se renueva el martirio colectivo. ¿Escandalizarse? Todo un modo de producción demuestra en los hechos la bancarrota, su evidente incapacidad orgánica de resolver uno solo de los problemas que el mismo crea, la vacuidad de las recetas liberales o estatalistas, de derecha o de pretendida “izquierda”, la impotencia del reformismo gradualista: los jóvenes proletarios de las agobiantes periferias lo han juzgado de manera instintiva y no razonada, con la rabia y la rebelión. Dejemos a los periodistas y a los opinadotes de los periódicos burgueses las reflexiones idiotas sobre los zapatos de firma, sobre los iPad y los televisores de plasma robados en el transcurso de las noches de revuelta, el estomagante griterío  moralista sobre pequeños tenderos que ven desaparecer en el humo una vida de ahorros, la lectura pseudo-política y pseudo-sociológica sobre las bandas, sobre vándalos y hooligans: son palabras al viento. “Estas no son revueltas del pan o de hambre. Son revueltas de consumidores desposeídos y  excluidos del mercado”” pontifica en el Corriere Della Sera del 11 de Agosto uno de tantos “maestros del pensamiento”: ¡ bellos pensamientos, muy característicos de la ideología burguesa! Para vender y extraer beneficios, el capital ha hecho de estas mercancías (los mencionados zapatos de marca, los móviles, los iPad) otros tantos “bienes de primera necesidad”; y ahora sus aduladores filósofos y sociólogos  se sorprenden (y nos escriben con sus bellas palabras) de que, en el curso de esta revuelta, se roben todos estos “bienes de primera necesidad”, junto al pan y a la mantequilla. Las revueltas de los desheredados golpean siempre los símbolos de un poder y de una riqueza de los cuales  están desde siempre y para siempre excluidos.   

Dicho esto, escribíamos en 1977 y en 2005 y repetimos hoy (y esta es la “tercera sencilla verdad para el proletariado”) no es suficiente sentirse de forma inmediata e instintiva a favor de los explotados que se rebelan. Es necesaria la lucidez de decir también mas cosas. De decir que estas llamaradas –importantísimas en tanto señales de la fiebre que crece dentro de la sociedad capitalista y de los límites mas allá de los cuales el “aguante” ya no se mantiene- sucederán cada vez más bajo la presión de la crisis económica. Pero, abandonadas a si mismas, están destinadas a pasar sin dejar rastro (cuando no, por desgracia, mas muertos proletarios: la única solución a la crisis social que el poder burgués conoce de hecho es la militar y represiva), a quedarse en la frustración, ó –aun peor- a ser encauzada en las ciegas vías de una rebeldía que se agota en sí misma. Los jóvenes proletarios en revuelta no se convierten automáticamente en “vanguardia de clase” por el simple hecho de rebelarse a la opresión social y policial, la perspectiva clasista  no emerge mecánicamente de la batalla callejera, por mas furiosa que sea. Es necesario en este cuadro en dramática y explosiva evolución (y esta necesidad se hace aún más evidente en la derrotas amplificadas por su debilidad pasajera)  el partido revolucionario: es decir, aquel órgano e instrumento que sólo está en condiciones, tras haber dirigido un profundo trabajo en contacto con la clase proletaria y ser por tanto reconocido por la misma como guía real y fiable, de recoger el impulso (fraccionado, desordenado, irracional, visceral) que vienen desde abajo, de recoger la rabiosa energía que está aprisionada en el fondo de esta podrida sociedad y dirigirla contra la verdadera fortaleza fortificada del poder capitalista, el Estado burgués, para conquistarlo y destruirlo, y sobre estas ruinas construir la conveniente dictadura como puente de paso obligado hacia una sociedad por fin sin clases y por tanto sin estado. El  partido revolucionario, en presencia de luchas que se desarrollarán cada vez de forma mas extensa, de choques cada vez más agudos y extremos con todas aquellas fuerzas que quisieran atar y reprimir la voluntad de rebelarse y luchar, es el único anillo que puede unir las respuestas (incluso las mas instintivas) a las condiciones de vida y de trabajo (o de desocupación) a las que están condenados millones de proletarios, transformando esas respuestas en lucha política clasista, dirigida hacia la insurrección y la toma del poder.

Pero este Partido no nace de  una mesa como si se tratara el proyecto de un arquitecto visionario, ni emerge milagrosamente  de las luchas mismas, por una especie de génesis espontánea desde abajo, por una espontánea unión de rebeliones diversas, como quisieran tantos imbéciles despistados. Es el resultado de una larga lucha dirigida en forma organizada  y en una perspectiva internacional de los comunistas que, no importa si de forma minoritaria e un exiguo número, han sabido mantenerse fieles, en el aspecto programático  y organizativo, teórico y práctico, a una tradición, la única tradición que, en el transcurso de ya un siglo, ha sabido conservar el camino revolucionario correcto, el nuestro  

No hay otros caminos. Solo este, en la madurez de las condiciones objetivas y subjetivas (incluyendo, a despecho de todo voluntarismo, la manifiesta incapacidad de la clase dominante para hacer frente a la crisis social), podrá permitir a los proletarios de toda edad, nacionalidad, sexo o color salir de las vías sin destino y de los ghettos en los que viven diariamente.

 Las periferias en llamas de Inglaterra hoy (¿y mañana, en donde?) lanzan la enésima llamada a los comunistas para que dediquen lo mejor de sus fuerzas y de su pasión revolucionaria, de su coraje y su determinación, a reforzar, extender, a enraizar en el proletariado mundial el partido comunista internacional. Solo así será posible extraer hoy las enseñanzas de las llamas de las luchas aisladas para mañana organizarlas, victoriosamente, en la batalla por una nueva sociedad sin clases.


Partido Comunista Internacional


[1] “De la gran noche de Nueva York, tres verdades sencillas para el proletariado” Il programma comunista, n.15/1977