Sábado, 26 Septiembre 2020

Ni indignados, ni rebeldes; ¡proletarios en lucha!

El desastre del modo de producción capitalista asume perfiles cada vez más evidentes: va madurando la catástrofe. Indiferentes a las sonrisas de desdén que nos dan a la sola mención de esta palabra, los comunistas somos “catastrofistas” desde siempre. Sabemos que la catástrofe es el resultado final de un modo de producción que, como el capitalista, exalta incesantemente las fuerzas productivas, subordinándolas paralelamente a la ley de la ganancia  y encerrándolas en la camisa de fuerza de las formas sociales burguesas. Catástrofe significa por consiguiente que, sacudida con violencia por una crisis sistémica de sobreproducción de mercancías y de capital,  la estructura sobre la que se levanta la sociedad burguesa está cediendo por todas partes. Ningún gobierno de ningún lugar del mundo puede remediar la catástrofe que se prepara, si no es intensificando cada día más la explotación del proletariado mediante el recorte de los salarios, de las pensiones y las prestaciones sociales, y del aumento de la “productividad” , es decir, agravando progresivamente sus condiciones de vida y de trabajo. La competencia se hará extremadamente aguda, las crisis se irán profundizando y aproximándose en el tiempo, la carrera por las materias primas se hará despiadada, los posicionamientos geoestratégicos se harán vitales para la supervivencia de este o aquel capital nacional, el nacionalismo explotará en todas sus formas: esta es la perspectiva. La única vía de salida que los capitales nacionales e internacionales enfilarán, cuando las condiciones objetivas lo impongan será la preparación de una nueva guerra mundial.

Mientras, la crisis económica erosiona posiciones de privilegio, convicciones, sinecuras y garantías. Golpea duro, no solo a los proletarios, sometidos a un fuego cruzado de precariedad, despidos, desempleo sin esperanza, incapacidad de encontrar trabajo o de arreglarse con míseras pensiones. Golpea duro también a la enorme masa informe de la pequeña burguesía (empleados administrativos, aristocracia obrera, fieles servidores del Estado, terciarios de todo tipo, origen, orientación y naturaleza), inflada como un enorme abceso en los decenios que siguieron al fin de la segunda masacre mundial, en los gloriosos (¡?) años del boom económico. Son los que en todo el mundo, en los últimos meses, han comenzado a  ver ante sí no el futuro radiante con el que siempre se habían ilusionado, sino el horrible espectro de una condición económica y social cada vez mas precaria, cada vez mas inestable; el espectro de la pérdida de los privilegios, el deslizarse hacia abajo, en el abismo social, el espectro de la proletarización.

Reciclando consignas astrosas, “inventándose” los escenarios mas viejos del capitalismo, lloriqueando a los pies de Estado con el obtuso convencimiento de que de ahí le puede llegar la salvación, estos no quieren y no pueden comprender que el enemigo es el capital como modo de producción, y que por tanto la guerra debe ser muy diferente de las payasadas “indignadas”: debe de ser una guerra de clase, que enfrente clase contra clase. Estos pequeños burgueses han llenado las páginas de periódicos, medios y blogs, han invocado (¡en el capitalismo!) pacifismo, democracia, bienes comunes, derechos, y también Estado, legalidad, moralidad, autonomía, naciones, y con el el resto: el comercio equo y solidario, la sostenibilidad, la banca ética, el kilómetro cero, el control sobre las finanzas, la redistribución de las riquezas, la renta básica, los espacios autogestionados, etc., etc. Toda la cháchara posible e imaginable de un “pensamiento” tan débil por exhausto, catatónico y cadavérico, la eterna ilusión de la posibilidad de preparar a largo plazo el camino de una gradual mejora, o que la culpa de todo sea de este o aquel gobierno, de este o aquel político. De la Puerta del Sol en Madrid a Zuccotti Park en Nueva York, pasando por Plaza S. Giovanni en Roma, los “indignados” un ejército de Pancho Villa de “individuos”, el variopinto subproducto de clases medias maltratadas, imposibilitadas por su ADN de dar a luz una ideología que no sea una burda copia de otra pre o proto-burguesa, una clonación mal conseguida de la “filosofía de la miseria” de Proudhon, se ha ilusionado con tener algo que decir, y de poder decirlo haciéndose ver y oír.

Esta sopa contiene sin embargo otros ingredientes, además de los pequeñoburgueses atemorizados de su proletarización. También nada en ella por necesidad jóvenes (y no tan jóvenes) realmente proletarizados y privados de esperanza, durante algún tiempo ilusionados, gracias a todas las teorizaciones bastardas sobre “las nuevas profesiones”, patético reciclaje de la “teoría de las necesidades” de los años setenta, ilusionados con poder constituir un estrato aparte, dotado de una identidad separada, identificada por una precariedad contemplada como alternativa a las rígidas jerarquías burguesas (el “trabajo autónomo”, el “trabajo a distancia”, la marginalidad como “libertad de trabajo”; la mística del May Day, en resumen). La crisis diluye estos fantasmas que por algún tiempo han escondido a la vista el esqueleto auténtico; y así los neoproletarizados llevan a la calle la propia rabia, desordenando los balidos de los proyectos pacifistas y “buenistas” de los “indignados”, lanzando por los aires las mesitas en torno a las que los “indignados” imploran que se siente el Estado (esbirros incluidos), los políticos conscientes, los “hombres de buena voluntad” (curas incluidos), para todos juntos elaborar apasionadamente un proyecto para…marchar adelante; es decir, mantener en pie los zombies e infundirlos nueva vida. A estos recién proletarizados se añaden algunos proletarios auténticos, desde hace tiempo abandonados a sí mismos por los sindicatos y sindicatillos corporativos, que sufren en propia piel no la “amenaza” de la crisis, sino sus golpes devastadores: trabajadores de fábricas y pequeños talleres, despedidos y desocupados, parados y beneficiarios de la ayuda familiar, con contrato o sin el, el amplio ejército de proletarios inmigrados en las galeras de la logística y en el “trabajo forzado” del campo y de la construcción.

Son los que se rebelaron en Rosarno y en Nardò. Y los que en las concentraciones de los “indignados” acaban enfrentándose con las fuerzas del orden. Ha sucedido en Roma, el 15 de Octubre, y ha sucedido en Oakland, en los Estados Unidos, en donde del magma informe de los “Occupy” han comenzado a formarse componentes no reducibles a la simple indignación pequeño-burguesa. Y no hablamos aquí de los Black-blocs y afines, invención de los medios y de las notas de las oficinas políticas de las comisarías de medio mundo, manifestaciones de una rebeldía individualista que se agota en sí misma, falta de cualquier perspectiva política, coincidente en último término con los “objetivos” (¿) de los corderillos indignados contra la banca, los especuladores y las finanzas internacionales, quizá incluso también un si es no es “demo-pluto-judaicas”:  aquí está el terreno de confluencia con la denominada “derecha social” , terreno nada lejano (y sobre esto deberemos volver a tratar). Hablamos de estratos proletarios ciertamente heterogéneos, atravesados por tensiones varias y contradictorias, pero que comienzan a reaccionar de manera confusa, caótica y episódica ante la masacre a la que han sido conducidos. Y que se hacen oír, y siempre se harán oír.

A ellos es a los que los comunistas nos dirigimos. Abandonemos los “indignados” a su neurótico y desesperado bracear. La pequeña-burguesía está predestinada: se ilusionó durante años con haber alcanzado el paraíso en la tierra, pero su destino es la ruina. En ese punto les tocará decidir: o con el proletariado o con la burguesía. Dejémosles por tanto a su destino, sin preocuparnos de ellos, ni de sus gurus, ni de sus agotadas modas. Nuestra clase no tiene nada que compartir con ellos. Nuestra clase tiene otra naturaleza y otro papel que jugar. Tiene una distinta perspectiva: la de revolucionar este modo de producción, el derrocamiento del estado, defensa armada de ese modo de producción la perspectiva de la instauración de la dictadura de clase, como puente de transición hacia la sociedad sin clases, hacia el socialismo. Tiene otra práctica, que debe resurgir de una poco clara rebeldía, inevitable en los primeros momentos de confusión: la guerra de clases, en plena autonomía de los partidos  sindicatos burgueses y pequeño-burgueses. Y para esa guerra tiene –debe volver a tener- otro punto de referencia político y organizado: el Partido revolucionario.

Indignarse no basta; es, por el contrario, una perspectiva de derrota. Volver a luchar, devolviendo golpe por golpe, organizarse para defender las condiciones de vida y de trabajo y –bajo la dirección de los comunistas- preparases en resumen para el ataque decisivo: esto es urgente e irrenunciable.

Partido Comunista Internacional