Viernes, 06 Diciembre 2019

Reaccionar a la desesperacion y al aislamiento - Reanudar, organizar, generalizar la lucha

El ataque antiproletario continúa en todo el mundo, obligado a intensificarse porque la crisis económica no disminuirá: al contrario, está destinada a hacerse más grave y profunda día a día. Solo los ciegos no alcanzan a verlo. Por otra parte, la clase dominante lo sabe bien: trata de disimularlo detrás de las palabras,   las frases de circunstancia, la exhortación a tener fé, la llamada retórica a la colaboración democrática. Pero sabe muy bien que el desastre es general  e histórico,  y que ninguna receta realizada apresuradamente lo podrá encauzar.

Frente a una crisis tan violenta, tan devastadora, el capital (en sus articulaciones nacionales, y a través de sus marionetas gobernantes y parlamentarias de diferente signo y color) no puede hacer otra cosa que aumentar la explotación del proletariado, tratando de aumentar la productividad, de amarrarlo con cadenas para que obedezca  a sus necesidades, de cortar las ramas secas  y vaciar aquel llamado “bienestar”  que durante tantos decenios ha garantizado la “paz social” (pagada con alto precio por los propios proletarios en los años del boom económico): despidos generales, precarización de las relaciones laborales, ritmos infernales, condiciones de vida cayendo en picado, represión y aislamiento de cualquier voz de protesta, impresionante cadena de “homicidios blancos”, disminución de las pensiones (un verdadero robo a mano armada, ya que en realidad se trata de salario diferido) - esta es la metralla que masacra vidas enteras, que niega  a las generaciones más jóvenes cualquier perspectiva, que derrumba cualquier ilusión de estabilidad y bienestar, que difunde una desesperación autodestructiva.

La insistencia con la cual la clase dominante de cada país evoca “el peligro para la cohesión social” demuestra que,  por un lado,  es consciente de las enormes tragedias  que se abaten sobre el proletariado y que amenazan con empujarlo a la autodefensa o a la rebelión,  y por otro,  que ella misma se encuentra en un callejón sin salida, consciente de que todas sus medidas tan alardeadas no conducirán a ninguna parte. La burguesía tiene una experiencia de siglos,  tanto en métodos de gobierno,  como en dinámicas de crisis,  pero esta crisis se le presenta como una pesadilla y una condena irrevocable, porque habla el mismo lenguaje de todas aquellas que le han precedido. Así se presenta: gobiernos técnicos que ya no tienen que  responder al ya vacío ritual democrático, progresiva militarización de la sociedad con cualquier pretexto, régimen policial en los puestos de trabajo, movilización ideológica a través de todos los medios de comunicación existentes, repetidas e interminables campañas electorales, llamamientos incesantes a la colaboración, exaltación de las virtudes nacionales, terrorismo estatal, ensordecedora publicidad para vender a precios de ganga harapientos estandartes (abundantemente empapados en sangre proletaria) que tienen como nombre “Patria”, “Democracia”, “Justicia”, “Legalidad”, y así se podria continuar.

Para el proletariado es una masacre que hoy  sucede en el lugar de trabajo (o, mejor dicho, de “no trabajo”), pero que mañana sucederá en los campos de batalla. De hecho, no hay solución parcial que aguante, no hay medida que pueda evitar el desastre que se esta cumpliendo delante de nuestros ojos.

Los comunistas no somos de los que teorizan las continuas remontadas de la pendiente para salir de la crisis, de la sociedad del capital, ni su lento deslizamiento en la barbarie. Los comunistas hemos demostrado, desde hace ciento cincuenta años, que el capitalismo continua incrementando al máximo sus fuerzas productivas hasta alcanzar un punto en el cual este crecimiento se interrumpe e interviene la ruptura.

Y la ruptura es un hecho político: ruptura quiere decir o bien una nueva matanza mundial que destruya todo lo superfluo, “fuerza de trabajo” incluida (la solución burguesa, experimentada en dos guerras mundiales y cientos de guerras locales en los últimos cien años), o bien la revolución proletaria, que finalmente abrirá a la humanidad la perspectiva de una sociedad sin clases (la solución comunista, que recibe de la crisis actual ulteriores y extraordinarias confirmaciones). ¡No hay alternativa!

Mientras tanto, ante un ataque antiproletario de esta intensidad, ¿qué respuestas vemos a nuestro alrededor? Aturdido por más de medio siglo de promesas democráticas y engañado por las migas del banquete (siempre arrancadas con la lucha y, en cualquier caso, destinadas a ser barridas en la primera ocasión), traicionado por todas las fuerzas políticas y sindicales interesadas en mantener en pie este podrido sistema, el proletariado mundial esta solo, aislado, dividido.  En el lapso de casi un siglo, ha sufrido las tremendas calamidades llamadas democracia y socialdemocracia, nazi-fascismo y estalinismo, que le han debilitado y dividido. A duras penas reacciona: imagina que la salvación puede y debe venir desde fuera  de si mismo – del parlamento, del gobierno, del presidente, del estado – , y no recuerda (porque le ha sido arrancada su memoria histórica) cuál es el papel real de todos estos órganos de represión, de estas tribus de tunantes, todos al sueldo del Capital. Cae preso de la desesperación y de la automutilaciòn, se entrega al demagogo de turno (mejor si proviene de la televisión o de la prensa), continúa creyendo en aquellos aparatos democráticos, de los partidos o sindicatos, que durante décadas lo han utilizado con fines electorales e institucionales. Está desorientado por las indignas “huelgas fraude” realizadas deliberadamente para dividir sus fuerzas, dispersarlas y vaciarlas; por las apelaciones huecas a una “huelga general” que no sólo no se prepara, sino que se retrasa cada vez más; por la mínima actividad de pequeñas camarillas, celosas de la autonomía de sus siglas; por el barullo de una pequeña burguesía que no entiende lo que está sucediendo y habla al vacío; por el “Dannunzianismo” en retraso de la propaganda de un gesto clamoroso y simbólico... Falta una respuesta generalizada a la crisis. Pero no faltan, tanto en Italia y España como en otros lugares, tímidas y aisladas señales de reacción, sobre todo en los sectores más afectados. Los trabajadores de la logística (la mayoría inmigrantes), de los astilleros, los portuarios, los mineros, los obreros y las obreras de las multinacionales diseminadas por todo el mundo allá donde la mano de obra sea más barata, los inmigrantes baqueteados de costa a costa y víctimas de las manifestaciones más odiosas de racismo, han iniciado muchas veces la lucha, han tratado de hacer oír su voz con huelgas vigorosas y repetidas manifestaciones. Los jóvenes proletarios de los suburbios desesperados de Francia e Inglaterra han sido los protagonistas de imprevistos sobresaltos que nosotros hemos interpretado como una expresión del instintivo abandono de los mitos castrantes de la democracia y de la legalidad. Masivos disturbios de  obreros han atravesado toda la costa meridional del Mediterraneo, antes de ser reducidos por las estrategias políticas de sectores burgueses y pequeño-burgueses, únicamente interesados en cambios de régimen. Grandes sectores de “clase media” en proceso de (o bajo el fantasma de su) proletarización se convierten en movimientos como los “indignados” o “Occupy”, que no tienen nada de “lucha de clase” y que de hecho sufren de todos los “vicios” de las “clases medias”, pero que reflejan esta sensación de malestar y distanciamiento social.

Y eso no es todo. La situación no es todavía históricamente favorable (a pesar de las afirmaciones de los “teóricos” del ataque a toda costa), la recuperación general de la lucha de clases aún está por llegar. El proletariado victima de este ataque feroz todavía tiene que recuperar el sentido de su antagonismo (total, cotidiano) a la sociedad del Capital, a su Estado, a sus órganos de represión y aturdimiento. Tiene que recobrar su propia memoria histórica, volver a reconocerse como “clase” y no como medio para el capital. Tiene que volver a saber, en la practica diaria, que las cadenas que le atan se pueden romper, como ha ocurrido muchas veces en el pasado. Debe retomar su compromiso para crear  organizaciones estables e independientes de defensa económica y social arraigadas en el territorio, abiertas a todos, empleados y desempleados, precarios y con contrato estable, inmigrantes y nativos, hombres y mujeres, jubilados y en busca de trabajo, que se hagan cargo con todas las exigencias de la lucha y de su organización, fuera del control policial de los sindicatos de Estado y del miope celo de otros sindicatos más pequeños, además del cierre sofocante de la empresa, del sector, del “local”.

Es un camino tortuoso todavía. Un camino por el cual, sobre todo, el proletariado tiene que reencontrar su propio partido revolucionario, esa organización que resistió durante décadas a las olas más terribles de la contrarrevolución, basándose firmemente en los principios, la teoría, el programa, la táctica y la organización del comunismo. Es nuestra tarea trabajar para confirmar este partido, para arraigarlo internacionalmente, para que sea un punto de referencia concreto, visible y fiable en las débiles luchas de hoy, que preludian – de eso estamos seguros y no por simple fé  sino porque ese es el curso de la historia – a onflictos mucho más amplios y decisivos, el día de mañana. Hasta el combate supremo, hasta el asalto al cielo: hasta la toma revolucionaria y violenta del poder, para establecer por fin la dictadura del proletariado, como un puente para la transición a una sociedad sin clases.

  

 

 Partido comunista internacional

(il programma comunista)