Domingo, 08 Diciembre 2019

Mientras exista el capital no habrá paz que sea deseable, no habrá guerra que no sea infame


La segunda carnicería mundial se concluyó con la repartición del mundo entre los ladrones imperialistas vencedores. La célebre fotografía que retrata, sonrientes y satisfechos, a Roosevelt, Churchill y Stalin en Yalta en febrero de 1945 es el símbolo más elocuente de ello. Dos áreas estuvieron de forma especial en el centro de atención de los tres, por su potencial criticidad en relación a la reapertura “indolora” de un nuevo ciclo de acumulación: la Europa central (y en particular Alemania) y el Oriente Medio. La primera será dividida en dos y ocupada por los ejércitos victoriosos en el temor de la eventualidad de que se repitieran los movimientos revolucionarios surgidos en la primera postguerra (una análoga “división”, esta vez de tipo más político-ideológico, fue efectuada en Italia, donde el “gran partido” de Togliatti de filiación moscovita y la recién nacida DC -Democracia Cristiana- de filiación estadounidense se repartieron literalmente el territorio, dentro y fuera del Parlamento); en la segunda área, será introducida, con función de gendarme local, la cuña del nuevo estado de Israel, ligado con doble filo a los imperialismos occidentales (pero no solo: el primer estado en reconocer formalmente su existencia, tras haberse comprometido activamente en su nacimiento y haber financiado su armamento, fue –no por casualidad– la Rusia de Stalin[1]).

Estos equilibrios se mantuvieron más o menos en pie (las controversias y contradicciones no faltaron) hasta hace poco. Después, la presión de la crisis de superproducción de mercancías y capitales que estalló a mitad de los años setenta del S. XX los dinamitó y ahora se multiplican los focos de tensión, se acumulan los materiales explosivos: en Europa, a nivel (por ahora) de la guerra comercial; en Oriente Medio (y en toda la franja que va desde el Magreb hasta la India), a nivel de una crisis social cada vez más aguda.

Hemos dedicado mucho espacio, en el último año y medio, a lo que está sucediendo en esta última área, tan céntrica, por motivos energéticos y estratégicos, al “orden imperialista mundial”: las revueltas en los países de la franja meridional del Mediterráneo (proletarias al principio, canalizadas más tarde por facciones burguesas  y pequeñoburguesas locales en los callejones sin salida de pretendidos cambios de régimen de signo democrático) testimonian ese estado crítico continuo, así como lo testimonian la intervención imperialista en Libia (dirigida tanto hacia el “castigo al tirano” como hacia la rotura de un potencial frente clasista en toda el área) y la sangrienta guerra que se sigue combatiendo en Siria (con efectos devastadores sobre la población civil, sobre las masas proletarias y proletarizadas no solo sirias, sino también libanesas, palestinas, turcas, jordanas). En fin, el conflicto israelita-palestino se arrastra sangrientamente desde hace décadas, con la masacre de generaciones enteras de proletarios palestinos, prisioneros dentro del fuego cruzado de todos los estados (tanto de Israel como de los árabes) y paralizados por recurrentes y envenenadas ideologías nacionales.

Cuando, en los albores del último decenio del S. XX, bajo los golpes de la crisis, cayó el bloque (plenamente capitalista) de los países del este, todos celebraron un futuro de paz y prosperidad. Desde entonces, las guerras combatidas se han venido haciendo más frecuentes y destructivas y, de recesión en recesión, la guerra comercial se ha intensificado –la guerra de todos contra todos, que no es más que la condición normal, incluso en tiempos de paz, del régimen capitalista, fundado en la extracción violenta de plusvalía del plustrabajo proletario, en la inevitable creación de monopolios y multinacionales destinados a destrozar a los más pequeños, en el combate entre los estados por la hegemonía económica y política.

Los vientos de guerra no podrán sino soplar con más intensidad en el próximo futuro. Es vano hacerse ilusiones de poder volver a un pasado idílico de paz entre los hombres de buena voluntad: ese pasado nunca existió. Los proletarios deben darse cuenta, mientras la crisis se abate con furor sobre sus vidas y destruye, una tras otra, las ilusiones creadas adrede en la segunda postguerra para paralizar o desviar cualquier tentación antagonista: estabilidad, progreso, mejores condiciones de vida, una “paz duradera”, un “futuro para los hijos”, el welfare state (estado del bienestar), el “paraíso en la tierra” (antes de llegar al del cielo: políticos, curas y policías van siempre del brazo –cuando no bastan los dos primeros, entran en escena los últimos).

Lo que se está preparando, en cambio, es un futuro de guerra. El modo de producción capitalista no conoce otra vía para intentar resolver las propias contradicciones cuando estas alcancen un punto de no retorno. Los dos conflictos mundiales, en sus síntomas y dinámicas, nos lo muestran con terrorífica claridad, en cuanto logramos quitarnos de encima ideologías bastardas y engañosas, lugares comunes e ilusiones metafísicas. La incesante criticidad de áreas como el Medio Oriente puede hacer de mecha para la explosión: demasiados son los intereses que se anudan en esas tierras martirizadas durante más de un siglo y medio de colonialismo e imperialismo[2]. Y la explosión, cuando se produzca, no arrastrará consigo la enésima guerra local, sino que significará el trompetazo de salida de la tercera carnicería mundial, a no ser que antes haya entrado en juego el proletariado, armado con sus armas teóricas y prácticas y decidido a poner fin de una vez para siempre con el régimen de la muerte y de la opresión.

 

La preparación de ese futuro (de guerra y sufrimiento) para hoy, en el plano material, a través de una explotación intensificada y un empeoramiento continuo de la vida de amplios sectores de masas proletarias y proletarizadas y, en el plano ideológico, a través de mitos del reformismo, del pacifismo, del “democratismo”, destinados a converger y a manifestarse en los venenos de nacionalismo que estarán cada vez más difundidos y serán cada vez más sutiles y mortales.

Las masas estranguladas y masacradas de Argelia, Túnez, Libia, Egipto, Palestina, Siria, Jordania, Líbano, Iraq, Irán (sin olvidar a los proletarios multiétnicos de Israel que, aun contagiados o controlados por la ideología dominante de un estado teocrático, son en cualquier caso aplastados bajo el talón de hierro capitalista), en su constante, tan admirable como desesperada, voluntad de luchar contra la opresión necesitan la puesta en juego (decidida, abierta, intolerante hacia cualquier tipo de “concertación”, indiferente a las “necesidades de la economía nacional”) del proletariado en las metrópolis capitalistas desarrolladas, desde hace demasiado tiempo enjaulado por partidos y sindicatos alineados en defensa del status quo. Y, a su vez, tienen todos la necesidad de la presencia, a su lado y a la cabeza, en sus luchas cotidianas, tanto hoy como en las insurrecciones de mañana, del partido comunista internacional, su guía y su organización –sin el cual toda revuelta es vana y todo sobresalto está destinado a terminar en parálisis. En sus mentes y en sus corazones debe imprimirse la consciencia de que, mientras exista el capital, no habrá paz que sea deseable, no habrá guerra que no sea infame

 



[1] Recordemos que, por otra parte, también Japón quedó “bajo tutela” durante varios años, tras la conclusión del conflicto.

[2] Naturalmente, el panorama de las áreas críticas no se detiene aquí: no olvidemos la franja que va desde la India hasta Japón, con sus eternas disputas costeras e insulares; o zonas enteras de África, donde se enfrentan (y ya combaten a través de intermediarios) las principales potencias imperialistas, Estados Unidos, Francia, Alemania, China… Además de agravar los contrastes ya existentes, el intensificarse de la crisis no podrá dejar de multiplicar el número y la topografía de las áreas en estado crítico.

Partido Comunista Internacional